Más que difundir información, motivar a otros para que adopten ideas y prácticas o promover productos y servicios, la comunicación es construcción de diálogo y relaciones entre las personas (conocer, comprender, interactuar). La comunicación contribuye a transformar a los “beneficiarios” del desarrollo en actores del mismo. En el campo de la salud, es pasar de ser pacientes a asumirse ciudadanos.
En la mayoría de los países de América Latina y El Caribe, los Programas Nacionales de Sida han carecido de políticas de comunicación que orienten de manera estratégica la intervención sobre la población en general. Las respuestas regionales al VIH no han considerado una intervención sostenida en la esfera pública con estrategias adecuadas para actuar en espacios (calles, plazas, mercados, playas, discotecas, etc.) y en medios de comunicación masiva.
Sin embargo, los medios al abordar la realidad del VIH refuerzan ideas y actitudes discriminatorias: la indiferencia que genera invisibilidad del tema y las personas afectadas, el temor que lleva a ver a las personas con VIH como potenciales agresoras, la lástima que promueve la generalizada percepción como víctimas y el moralismo que refuerza supuestas culpas y comportamientos pecaminosos. Estas miradas forman parte de las sensibilidades y percepciones generalizadas en la opinión pública que se requiere encarar frontalmente con intervenciones comunicativas como las que propone Calandria.
La propuesta comunicativa de Calandria busca contribuir con la respuesta al VIH en cuatro niveles: incidencia pública y política, empoderamiento ciudadano, transformaciones cotidianas y gestión del conocimiento.